La novela española durante el franquismo

Durante este curso de literatura, hemos ampliado nuestros conocimientos sobre la Guerra Civil y el franquismo, y, hemos conocido diferentes representaciones de los acontecimientos históricos en la novela española actual. Para terminar este curso, me apetecía ponerme al corriente de la literatura que se escribía en España durante el franquismo. Para limitar el tema un poco, decidí concentrarme solamente en la novela, excluyendo de este modo la poesía y el teatro. Por lo tanto, mi intención con este trabajo es dar una breve introducción a la novela española durante el franquismo.

La literatura española sufrió una gran decadencia durante los años de posguerra. La producción literaria disminuyó, porque las nuevas circunstancias políticas – la represión, la intolerancia y la censura – pusieron fin a un periodo de esplendor artístico, e impidieron que se siguiera con una tendencia de novela social que había surgido antes de la guerra.  Asimismo, las otras tendencias novelísticas anteriores a la guerra – por ejemplo, la novela deshumanizada y vanguardista – perdieron sentido por la miseria, desigualdades y falta de libertades que marcaron la sociedad de la posguerra.  Además, la muerte de algunos grandes modelos de la novela española (Unamuno, Valle-Inclán), y el exilio obligado de varios autores (p.ej. Ramón J. Sender, Max Aub, Rosa Chacel, Arturo Barea y Francisco Ayala) supusieron un profundo corte en la evolución literaria española, ya que los nuevos escritores quedaban sin transmisores de la tradición. Como consecuencia, la novela española tenía que, prácticamente, comenzar de nuevo después de la Guerra Civil. A continuación, voy a hacer un resumen de las tres etapas que se pueden diferenciar en la novela española durante la dictadura franquista.

En la primera etapa, es decir, en la década de los 40, surgieron claras divisiones entre los autores. Por un lado, estaban los autores que apoyaban el nuevo Régimen, y que muchas veces eran novelistas de la Falange. Debido a ellos, nació la novela triunfalista, que defendía los valores tradicionales (Dios, Patria, Familia) y las nuevas circunstancias políticas del país. Además, la novela triunfalista intentaba justificar la Guerra Civil y sus consecuencias, y al mismo tiempo, echar la culpa al bando perdedor.  Por otro lado, estaban los autores que quedaron impactados con la dura realidad de la primera posguerra, e iniciaron una corriente literaria, el tremendismo, que trataba los aspectos más duros de la vida, presentando una visión cruel de la realidad y de la existencia del ser humano. Esta tendencia fue iniciada por Camilo José Cela y su novela La familia de Pascual Duarte en el año 1942. Aparte del tremendismo, surgieron novelas existenciales como Nada (1944) de Carmen Laforet y La sombra del ciprés es alargada (1948) de Miguel Delibes, que reflejaban la angustia existencial, la tristeza, el pesimismo y la amargura de las vidas cotidianas. Como es lógico, las causas de este pesimismo se pueden encontrar en la sociedad de los años 40 que estaba marcada, entre otras cosas, por la pobreza, la incultura, la violencia, la persecución política y la falta de libertades. Sin embargo, las novelas de los años 40 no criticaron o denunciaron el Régimen y las injusticias directamente, ya que nada podía publicarse sin el consentimiento de la censura franquista. En cambio, la amargura se expresaba con la temática que giraba en torno a la muerte, la frustración, la soledad, el vacío existencial, la incertidumbre y el desarraigo. Además, los personajes de las novelas eran típicamente seres marginados u oprimidos por las circunstancias, indecisos y violentos. Para conseguir una fuerte violencia expresiva, se empleaba frecuentemente un lenguaje desgarrado, agrio y dramático.

La segunda etapa se sitúa entre los años 1950 y 1962, y está marcada por realismo social. Por lo tanto, la angustia existencial que caracterizó a las novelas anteriores dio paso a las inquietudes sociales. El realismo objetivista pretendía presentar la realidad tal y como era sin que el autor presentara ningún tipo de afinidad o rechazo a la época que se estaba viviendo. El realismo crítico, en cambio, denunciaba la situación injusta que se estaba viviendo. Una cierta flexibilidad de la censura, la apertura del régimen franquista y el descubrimiento de los novelistas extranjeros coincidieron con el realismo social de los años 50. Ya que la censura se relajó – pero de ninguna manera desapareció – se permitió la aparición de novelas con una perspectiva más abiertamente crítica a la hora de denunciar la pobreza y la injusticia. Los temas recurrentes que se tratan en las novelas de la época están relacionados con la soledad de la sociedad, la división entre clases, el entorno en el que viven, la indiferencia y la Guerra Civil – que es frecuentemente un tema subyacente en las novelas de los años 50. Las obras más influyentes de la época señalaban las diferencias de clase: hablaban de la dureza de la vida rural y de las malas condiciones de trabajo de la clase obrera frente a la vida opulenta de la burguesía. Las obras que se destacan del período de los años 50 son La colmena (1951) de Camilo José Cela, Juego de manos (1954) de Juan Goytisolo, Los bravos (1954) de Jesús Fernández-Santos y El Jarama (1955) de Rafael Sánchez Ferlosio.

Durante la tercera etapa, es decir, en las décadas de los 60 y los 70, dominó una nueva corriente literaria – la novela experimental. El realismo social de los 50 había pretendido transformar el mundo, mientras que la novela experimental de los 60 pretendía cambiar la literatura. No obstante, los novelistas no abandonaron la crítica social, sino simplemente empezaron a dar más peso a la calidad artística de sus obras. El nacimiento de la novela experimental fue impulsado por las circunstancias históricas que permitieron que España viviera una etapa más aperturista. Por lo tanto, durante esta época se introdujeron obras extranjeras procedentes de varios lugares del mundo e incluso se permitió el regreso de autores exiliados. Asimismo, la aparición de la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 permitió una mayor flexibilidad para publicar obras que habían sido censuradas. La aparición de la literatura experimental coincidió también con el desarrollo económico e industrial y la expansión del turismo. La evolución de la sociedad provocó cambios de mentalidad por los que surgió la necesidad de crear una literatura más experimental. Lo característico, por lo tanto, de la novela de este período es la introducción de múltiples recursos técnicos que buscan apartarse de las formas tradicionales. Los cambios experimentados en la narrativa experimental frente a la novela social precedente son varios, por ejemplo: mezcla heterogénea de estilos y géneros, desaparición del argumento clásico, ruptura con la cronología lineal, uso intensivo del monólogo interior, utilización de la parodia y la ironía, empleo abundante de significados simbólicos, metáforas y juegos de palabras. Para mencionar algunas obras representativas de esta tendencia experimental, se destacan Tiempo de silencio (1962) de Luis Martín-Santos, Volverás a Región (1967) de Juan Benet, Últimas tardes con Teresa (1966) de Juan Marsé, Señas de identidad (1966) de Juan Goytisolo.

En este trabajo, espero haber demostrado que, a pesar de la represión cultural del franquismo, la novela española se desarrolló de manera considerable durante la dictadura. Sin embargo, la evolución de la novela española – y la evolución cultural en general – se produjo siempre bajo el control del Régimen franquista, y las diferentes etapas de la literatura venían marcada por los cambios culturales y sociales que se daban en la sociedad.

 

 

FUENTES:

Neuschäfer, Hans-Jörg. Adiós a La España Eterna: La Dialéctica De La Censura: Novela, Teatro Y Cine Bajo El Franquismo. Barcelona: Anthropos, 1994.

Nora, Eugenio G. de. La Novela Española Contemporánea: 3, (1939-1967). 2. ed. ampliada. Madrid: Gredos, 1970.

Historia, ficción y casualidad en Soldados de Salamina

Soldados de Salamina (2001) de Javier Cercas narra cómo el protagonista-narrador Javier Cercas llega a escribir una obra – o un “relato real” – de la vida de Rafael Sánchez Mazas. Todo empieza cuando el narrador-protagonista Javier Cercas escucha la historia del fusilamiento del escritor falangista Rafael Sánchez Mazas por casualidad en una entrevista. Guiado por su curiosidad y obsesión por el escape de Sánchez Mazas, Javier Cercas intenta por todos los medios averiguar cómo y por qué Sánchez Mazas consiguió escapar de su fusilamiento. Cuando el protagonista-narrador Javier Cercas intenta reconstruir su “relato real”, le fascina y obsesiona particularmente un acto de heroísmo, es decir la decisión tomada por un soldado republicano de perdonarle la vida a su enemigo Sánchez Mazas. Consecuentemente, empieza una búsqueda infatigable para encontrar a un viejo soldado miliciano, Miralles, al que supone el soldado que le perdonó la vida al escritor falangista.

La novela mezcla lo real y lo inventado para problematizar los límites de historia y ficción. Las grandes líneas argumentales de la novela son ficticias, pero la novela incluye también varios personajes, acontecimientos y fuentes de información reales. De este modo, la novela demuestra el proceso narrativo detrás de la literatura y la historia. Pone de relieve que los textos históricos se asemejan a la ficción en el sentido de que nunca representan el pasado de manera completamente objetiva, sino son interpretaciones o construcciones subjetivas de los acontecimientos pasados.

Además de dirigir la atención del lector a la relación complicada entre historia y ficción, Soldados de Salamina enfatiza el papel de la casualidad tanto en la historia como en la escritura de la historia. En primer lugar, el narrador-protagonista Javier Cercas se interesa por la Guerra Civil y la historia de Sánchez Mazas por pura casualidad. Asimismo, los pasos que da en su camino de la búsqueda de la verdad son resultados del azar.

El papel de la casualidad está también relacionado con la despolitización de la Guerra Civil. La novela presenta la Guerra Civil como una serie de anécdotas inconexas sin grandes fundamentos ideológicas. La despolitización de la Guerra Civil se lleva a la práctica sobre todo mediante la despolitización de los personajes, ya que en la novela no hay personajes con convicciones políticas sinceras. Efectivamente, tanto los personajes ficticios como las figuras históricas de la novela eligen los bandos al que permanecen durante la guerra prácticamente al azar. El mismo Sánchez Mazas, conocido por ser miembro fundador del partido Falange Española, aparece en la novela como un hombre que desprecia la política y no cree realmente en las ideas falangistas. Según Soldados de Salamina, Sánchez Mazas se identifica como fascista y funda la Falange Española sin querer, igual que lo hacen los demás falangistas:

“Quizá Sánchez Mazas no fue nunca más que un falso falangista, o si se quiere un falangista que sólo lo fue porque se sintió obligado a serlo, si es que todos los falangistas no fueron falsos y obligados falangistas.” (136)

De misma manera, Miralles, el soldado republicano quien supuestamente salvó a Sánchez Mazas de la muerte, se muestra indiferente frente a la política, y se encuentra luchando por causas ajenas que ni siquiera es capaz de entender. La novela sugiere que Miralles es miembro del Partido Comunista simplemente por inercia:

“Antes de la guerra Miralles trabajaba de aprendiz de tornero; ignoraba la política [ …] Sin embargo, apenas llegó al frente se hizo comunista; el hecho de que lo fueran sus compañeros y sus mandos y de que también lo fuera Líster sin duda influyó en su decisión”. (155)

La falta de las decisiones conscientes e ideológicas caracteriza también el acto de heroísmo de la novela, es decir la decisión del soldado republicano de dejar vivir a su enemigo. La novela no narra directamente, porque el soldado republicano no delató a Sánchez Mazas, pero sugiere que su acto de heroísmo fue una combinación de circunstancias que no se podían prever ni evitar. De hecho, en Soldados de Salamina el heroísmo parece ser algo innato e intuitivo:

” Alguien que se cree un héroe y acierta. O alguien que tiene el coraje y el instinto de la virtud y por eso no se equivoca, o por lo menos no se equivoca en el momento en el único momento en que importa no equivocarse, y por tanto no puede no ser un héroe. O quien entiende, como Allende, que el héroe no es el que mata, sino el que no mata o se deja matar […] Yo creo que en el comportamiento de un héroe hay casi siempre algo ciego, irracional, instintivo, algo que está en su naturaleza y a lo que no puede escapar” (148)

En fin, Soldados de Salamina insiste en el carácter casual de los acontecimientos de la guerra para quitar la dimensión ideológica del conflicto, y de ese modo, sugiere que la guerra fue una locura colectiva en la que todos lucharon sin saber muy bien por qué, y todos fueron al mismo tiempo culpables y víctimas. La mezcla de la historia y ficción, en cambio, problematiza el conocimiento histórico que tenemos del pasado. Al enfatizar la naturaleza textual e ideológica de todos los narrativos sobre el pasado, la novela hace que el lector cuestione sus ideas de la Guerra Civil, porque se da cuenta que ni la literatura ni la “historia real” puede contar los acontecimientos pasados de manera objetiva.  Por lo tanto, parece que Soldados de Salamina intenta a poner en duda las “verdades” sobre la Guerra Civil, y de esa manera es un intento de reconciliar las divisiones creadas por la Guerra Civil.

 

Fuentes:

Cercas, Javier: Soldados de Salamina (2001)

Hasta siempre, Tensi: El personaje de Hortensia en La voz dormida

La voz dormida (2002) es una novela escrita por Dulce Chacón, que saca a luz la experiencia femenina durante la Guerra Civil y la posguerra española. La novela intenta a despertar la voz dormida de mujeres vencidas y silenciadas contando una historia de un grupo de mujeres republicanas y otros personajes vinculados con estas mujeres. En la novela hay muchos personajes y varios protagonistas, pero en este trabajo he decidido concentrarme en el personaje de Hortensia. En primer lugar, voy a dar una descripción general de Hortensia, y luego, voy a analizar con más profundidad dos detalles – el cuaderno azul y la muerte – que en mi opinión caracterizan y desarrollan el núcleo del personaje de Hortensia.

El personaje de Hortensia está construido por sus actuaciones, la focalización interna, las analepsis, la presentación de relaciones entre Hortensia y los demás personajes, la presentación implícita de sus características y las descripciones que los demás personajes – ante todo Pepita y Felipe – hacen de ella. Mediante de estas tácticas, se relata, que Hortensia es una mujer republicana que está en la cárcel de Ventas de Madrid por haber colaborado con la guerrilla. La única familia que le queda es su hermana Pepa y su marido Felipe, un guerrillero que vive escondido en la sierra. Está embarazada, y en la cárcel tiene una relación cercana con otras presas, sobretodo Elvira, Reme y Tomasa. Físicamente Hortensia es morena, de cabello rizado y ojos negros. A lo largo de la novela Hortensia está presentada como una persona querida, simpática y valiente, que lucha por sus ideales y nunca las renuncia.

El cuaderno azul es un objeto importante en la construcción del personaje de Hortensia. Hortensia pasa mucho tiempo apuntando sus pensamientos en el cuaderno: “No hablaba nunca en voz alta […] Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul” (2002:11).  En capítulo 20 se revela que el cuaderno fue un regalo de Felipe, convirtiendo el cuaderno como un símbolo de amor entre Hortensia y Felipe. Según Hortensia, “El peor dolor es no poder compartir el dolor” (2002:210), y por lo tanto parece que Hortensia escribe sus sentimientos y las penurias de la cárcel en el cuaderno por no poder contar su historia en voz alta, y para quitar algo del peso de la vida insoportable de la cárcel. Se puede decir también que Hortensia escribe para ser recordada, ya que en un momento dice “Hay que sobrevivir, camaradas. Sólo tenemos esa obligación. Sobrevivir […] Para contar la historia” (2002:135-136). Después de ser condenada a la muerte, Hortensia escribe también a su hija.

Aparte del cuaderno azul, la muerte forma parte del personaje de Hortensia desde el primer momento de la novela. El lector conoce el destino trágico de Hortensia desde la primera línea, ya que Chacón empieza su novela con la frase “La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia”. Esta revelación añade un efecto trágico que está presente en cada momento que aparece Hortensia. De hecho, Chacón refiere a Hortensia constantemente con la frase “la mujer que iba a morir”, y de este modo su muerte está presente a lo largo de toda la novela. Hortensia misma conoce su sentencia de muerte en la segunda parte de la novela, pero se le permite esperar que su hija nazca antes de fusilarla. A la hora de conocer su condena, le duele no poder compartir con Felipe que ha sido condenada, y para aliviarse, expresa su dolor escribiendo en el cuaderno azul.

La muerte de Hortensia se relata en los tres últimos capítulos de la segunda parte, y parece ser el punto culminante de la novela. Chacón subraya la importancia de su muerte utilizando la repetición y relatando la muerte tres veces. Cada vez se relata desde un punto de vista diferente, que da a entender que la muerte de Hortensia afecta y tiene consecuencias considerables en las vidas de las demás protagonistas. Primero, se cuenta la muerte de Hortensia desde el punto de vista de Pepita. Pepita va a la cárcel diariamente para ver si ya han ejecutado a Hortensia y para asegurarse que no manden a la hija de Hortensia a un orfanato. Después de un mes y medio, resulta que han fusilado a Hortensia y Pepita se va de la prisión con su sobrina. En el siguiente capítulo, se cuenta la reacción de Tomasa cuando conoce que ha llegado la hora de ejecutar a Hortensia. A la hora de enterarse del fusilamiento de Hortensia, Tomasa por fin cuenta su propia historia dolorosa de que no ha hablado antes. Luego, en el último capítulo de la segunda parte se relata como Reme y Elvira se despiden de su compañera, y como Hortensia se prepara para su muerte. Es evidente que la afronta con dignidad y sigue fiel a sus ideales: “Pero cuenta que aquella madrugada Hortensia miró de frente al piquete, como todos. – ¡Viva la República!”

En la última parte de la novela, Hortensia ya está muerta, pero aun así sigue presente en la novela. Las mujeres encarceladas, Elvira, Reme y Tomasa hacen pequeñas referencias a Hortensia indicando de este modo que la añoran y no la olvidarán. Además, se relate que antes de morirse Felipe está destrozado por el dolor que causa la muerte de su esposa. Asimismo, se cuenta la obsesión que Pepita tiene para leer y releer los cuadernos azules de Hortensia. La hija de Hortensia, Tensi, nunca podrá hablar con sus padres, pero la voz escrita de Hortensia permite que Tensi tenga un sentido de sus padres muertos. Hortensia escribe “Lucha, hija mía, lucha siempre, como lucha tu madre, como lucha tu padre, que es nuestro deber, aunque nos cueste la vida” (2002: 397-398). Tensi decide a unirse al Partido, posiblemente por las palabras escritas por su madre, y de este modo ella también pasa a formar parte de la lucha por la que murieron sus padres.  Después de su muerte, Hortensia está presente sobre todo en forma de los cuadernos azules, que siguen dando información nueva sobre ella y desarrollando su personaje. Parece que son los cuadernos azules que han cumplido su meta y han sobrevivido para contar su historia.

 

(El título de este trabajo está tomado de la canción Hasta siempre, Tensi de Barricada.)

 

FUENTES:

Chacón, Dulce. (2002) La voz dormida. Santillana de Ediciones Generales.

Fox, M. (2013): “Espacios físicos, emotivos y simbólicos en La voz dormida (2002), de Dulce Chacón. En Almela, M., Lorenzo García, Maria,. Guzmán, H,. Sanfilippo, M. (2013) Mujeres a la conquista de espacios. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.

Liikanen, Elina. (2017) “El powerpoint sobre La voz dormida & una entrevista a la autora”. Disponible en línea: https://blogs.helsinki.fi/literaturaguerracivil2017/archives/1022. Consultado el 28.10.2017

Portela Edurne, M. (2007) “Hijos del silencio: Intertextualidad, paratextualidad y postmemoria en La voz dormida de Dulce Chacón.” Revista de Estudios Hispánicos 41, 51-71.

El catalán durante el franquismo

Como demuestran las últimas noticias, el nacionalismo catalán y tensiones entre Cataluña y el gobierno central de España son temas de gran actualidad. Según la lingüista Silvina Montrul, “el nacionalismo catalán es de tipo cultural y enfatiza el conocimiento y uso de su lengua como característica de pertenencia a Cataluña”. Por lo tanto, me pareció interesante desarrollar el tema de la lengua catalana, y en este trabajo pretendo hacer una breve reseña de la represión que sufrió esta lengua durante la dictadura franquista.

El nacionalismo español y el mito de la unidad nacional eran rasgos importante del franquismo. De hecho, uno de los lemas del franquismo era Una, grande y libre. El lema cristaliza el concepto franquista de España, negando la posibilidad de cualquier separatismo o descentralización territorial. La represión contra los nacionalismos periféricos duró a partir de la Guerra Civil (1936-1939) y durante todo el período de la dictadura de Franco (1939-1975). Se manifestó en varias formas, una que consistió en la opresión lingüística de las lenguas minoritarias de España. La represión lingüística era una manera de obtener y mantener el control. Según la narrativa del gobierno de Franco, las lenguas no castellanas eran antiespañolas y antipatrióticas, y hablar una lengua minoritaria era un acto de traición y una manifestación de actitudes separatistas. Por lo tanto, fue impuesto el uso exclusivo de castellano, y las lenguas minoritarias fueron perseguidos y reprimidos.

Antes de que estallara la Guerra Civil, la cultura y la lengua catalanas habían tenido un periodo de varios avances importantes y se habían conseguido hitos significantes en la normalización de la lengua. Durante la Segunda República, la lengua catalana se utilizó en la radio y en la prensa y se enseñó en las escuelas y en la universidad. Además, Cataluña había recibido un estatuto de autonomía y cooficialidad del catalán. Con el triunfo del bando sublevado y la instauración de la dictadura franquista, el nuevo régimen pretendió destruir todos los instrumentos y avances de la lengua catalana.  El catalán dejó de ser la lengua cooficial de Cataluña, y, además, se prohibió su uso público.

La persecución del catalán fue intensa y sistemática, sobre todo durante los años cuarenta. No existió una ley general que prohibiera el uso del catalán, pero existieron una serie de normas estableciendo el castellano como el único idioma de uso público y general. Por ejemplo, toda la comunicación con la administración y toda la documentación administrativa, notarial, judicial o mercantil era exclusivamente en castellano, y la que se hacía en catalán se consideraba nula de pleno derecho. Se estableció un sistema de castigos – generalmente multas – contra los que empleaban la lengua catalana en el trabajo, especialmente en la administración pública. Asimismo, el régimen de Franco prohibió el uso de la lengua catalana en la educación, y en la escuela se debía enseñar a hablar, escribir y rezar en castellano. Sin embargo, en algunos centros se incorporó la enseñanza del catalán de forma clandestina.  La Iglesia Católica se convirtió en una fiel colaboradora de la política lingüística del franquismo, aunque siempre hubo también una parte del clero catalán que defendió el empleo de la lengua propia.

Durante los primeros años del franquismo, no se permitía el uso del catalán en la edición de libros, periódicos y revistas o en la correspondencia telegráfica. Se calcula que durante el franquismo desaparecieron unos veinte periódicos y un centenar de revistas que se editaban en catalán. Muchos escritores e intelectuales catalanes se exiliaron o fueron muertos o aprisionados.  En muchas bibliotecas públicas se retiraron los libros escritos en catalán, y el catalán desapareció también del cine, la radio, la prensa y el teatro.

Una vez prohibido el catalán como lengua oficial y pública, se inició una intensa campaña para fomentar el empleo exclusivo del castellano entre los catalanes. La comercial, la publicidad, las emisiones de radio y de televisión y, en general, toda la imagen exterior del país era en castellano. Asimismo, las autoridades franquistas emprendieron una intensa actividad para cambiar toda la nomenclatura a fin de evitar cualquier connotación catalanista, y también para honrar a personajes e instituciones del nuevo régimen. De este modo, se cambiaron los nombres de localidades, vías públicas, carteles de publicidad, los nombres de establecimientos comerciales e instituciones.

A pesar de todo, la lengua catalana se mantuvo como lengua de transmisión familiar y vecinal, convirtiendo así en una lengua encerrada en el ámbito doméstico. Una gran parte de la población catalanoparlante, tanto en Cataluña como en el resto de los territorios de habla catalana, siguió hablando su lengua en la vida privada.

Cabe destacar, que, aunque hubo persecución intensa en los primeros años del régimen franquista, la represión se suavizó ya durante la década de los cincuenta.  En los años sesenta, por su parte, la actividad cultural en catalán aumentó significativamente. Se publicaron libros, y además aparecieron nuevas revistas y periódicos en catalán. Al final de la década de los sesenta, se puso también fin a la prohibición total de la enseñanza del catalán en las escuelas.

La represión de la lengua catalana y la inmigración procedente del resto del España, sobre todo en los años 60 y 70, provocó un gran retroceso del uso social y conocimiento del catalán. Por primera vez en la historia, el castellano superó al catalán como lengua materna en Cataluña. Las severas limitaciones al uso del catalán y la casi total exclusión del catalán del sistema educativo tuvieron consecuencias de larga duración. Por ejemplo, existen altas tasas de analfabetismo en catalán entre las generaciones escolarizadas durante el franquismo.

Después de la muerte de Franco (1975), se reconoció la pluralidad lingüística en la Constitución de 1978, y se estableció que las lenguas minoritarias de España pueden ser oficiales de acuerdo con los estatutos de autonomía. Se aprobaron leyes en  Cataluña, las Islas Baleares y el País Valenciano para apoyar a la lengua catalana, y introducirla en la escuela, la Administración y los medios de comunicación.

 

FUENTES:

Montrul, Silvina. El bilinguismo en el mundo hispanohablante. Wiley-Blackwell, 2013.

 

http://www.um.es/cepoat/pantarei/wp-content/uploads/2014/11/1997_7-nacionalismos.pdf

http://llengua.gencat.cat/permalink/942e5ebe-5385-11e4-8f3f-000c29cdf219

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/franco-y-las-lenguas-regionales-5710/