Cuatro microcuentos cedidos por José Antonio Ruiz

Un ángel caído

El ángel Guillermo nos adoctrina desde su silla de ruedas. La luz de la luna se refleja en sus alas con un brillo plateado.

Todos miramos fijamente la sombra que su sombrero de paja proyecta sobre los suaves rasgos de su rostro y oculta sus ojos.

Su voz telepática restalla en nuestras cabezas, mientras alguno de los críos se sitúa al borde de la azotea y salta al vacío, batiendo los brazos. Cuando esto sucede, noto un débil cambio en el tono de su habla, una excitación singular, y creo que sus alas tetrapléjicas se agitan ligeramente.

Casualidades

Andaba con los bolsillos llenos de casualidades. De cuando en cuando sacaba una para combatir la monotonía.

Así, por casualidad, tropezó 273 veces con la misma persona, en la misma esquina, durante un solo día. Por casualidad, comenzó a trabajar en un local clandestino en el que se entrenaban gallos de pelea, fue allí donde, casualmente, conoció a la mujer de su vida. Y también por casualidad, una bala perdida acabó alojándose en su corazón.

Envidia

Dijo: tu dibujo es feo y bonito el mío. Entonces le clavé mi pintura Festival en el ojo. Atravesé el iris azul y removí en círculos.

Al tirar de la pintura, el ojo se quedó clavado en ella y los nervios arrancados asomaron por su cuenca sangrante.

Le guardé el ojo en un bolsillo de su hermoso babi de cuadritos blancos y verdes y restregué mi pintura en él, para limpiarla.

Ayer, aquel niño consiguió el récord mundial de victorias consecutivas en concursos de pintura rápida, pero yo conservo los dos ojos.

Historia de carretera

En el autobús un chino se sentó delante de él. Se quedó mirando su cabello, sorprendido. Nunca había visto un pelo tan negro ni tan tieso.

El chino llevaba una chaqueta oscura, de grandes hombreras que ensanchaban su espalda, cubierta por un copioso sarpullido de caspa.

De repente, algo le sorprendió: una hormiga, salida de quién sabe dónde, apareció en el hombro derecho del chino y caminó con determinación hacia la base del cuello. Escaló los granos de caspa, subió por el cuello amarillento y desapareció en la frondosidad del cabello, a la altura de la nuca.

Ningún dedo rascó en busca del insecto. El se preguntó si tal vez no estaría allí la entrada de algún hormiguero.

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