La prosperidad del alambre de espino – Autor: José Antonio Ruiz

Sigue siendo un misterio que llegara a X cuando en realidad él se dirigía a Y. Lo fácil sería pensar que se equivocó de tren, o que se quedó dormido y el tren realizó un cambio de vía no contemplado en el trayecto. Alguien de imaginación audaz acaso se dirá que debió de perder la memoria, que se golpearía la cabeza al salir, trastabillado, del coche-restaurante —las copas de más, el talud de la cordillera, el vértigo de mirar las traviesas—. Pero es inútil buscar una explicación sencilla. Simplemente no hay explicación. Quizá porque esta historia se parece demasiado a la de cualquiera.

Con ese aire indefenso tan común en las estaciones de ferrocarril, nuestro héroe corría de un panel informativo a otro, cotejando letreros, preocupado por encontrar su andén. Se marchaba. Como nos hemos marchado todos alguna vez. Aún puedo oírlo improvisando argumentos —como quien consulta con la almohada— con la máquina expendedora de café. Cuánto coraje hace falta para tomar cualquier decisión, cuánto le temblaba la voz al oprimir el botón del café capuchino. Después lo veo caminar por el andén, sacando el billete manoseado y húmedo, cerciorándose una vez más. Sí, sí, este tren se dirige a Y. ¡Viajeros al tren!

Valor, se dijo el héroe al entrar en el vagón de segunda, sosteniendo en alto el billete, buscando su asiento. ¿Acaso no podría ser éste su número de la suerte? Dejó la única maleta en el portaequipajes y se sentó junto a la ventanilla. En la maleta llevaba una muda limpia, un cepillo de dientes y un muestrario de alambre de espino. Porque él creía en el futuro, y en el alambre de espino. El vagón se llenó de pañuelos blancos, de manos, de aceleración. Después se oyó el sollozo de una mujer, o quizá un bostezo, y el crujido de unos asientos viejos y achacosos, tapizados de fantasía en algún sótano de extrarradio. En el andén quedó el bochorno, y los bancos vacíos, y un niño que perdía echándole una carrera al tren. Nuestro héroe apoyó la cabeza en el cristal y se despidió de nadie.

Más tarde, al quedar atrás los suburbios y las fábricas, allí donde las casas se escondían ahora entre coníferas y menudeaban las vacas, llegó la cantinela del revisor pidiendo los billetes. Avanzaba por el pasillo con el paso renco, sorteando los cazamariposas de las niñas y los resfriados del aire acondicionado. Qué bien las ciudades de veraneo, los aguijones de las abejas, las faldas de las montañas. Billetes. Billetes. Y es final de trayecto, sí, señor. Yo calculo que llegaremos en tres horas. Y el revisor que marcaba con dos agujeritos, como el mordisco de un vampiro, el billete del héroe. Horas más tarde, con algo de retraso, el tren se detenía en X sin ninguna explicación.

Era una tarde cálida, de isobaras benignas y renacuajos en las charcas. Los viajeros bajaban del tren, cargando sus bultos, a reunirse con los suyos. Había abrazos y risas en el andén, y confeti al fondo, y una niña que jugaba a la rayuela. Se vacían de gente los vagones, se llenan de silencio. En un compartimento privado alguien olvida un puñadito de tierra, mientras el último camarero recoge vasos muertos de risa en el coche-restaurante. Adiós a la estación. Todos quieren ir a casa y estar rodeados de un olor familiar, ojalá que a torrijas. El fin de semana, si hace bueno: Pues bueno, te llevo al teleférico. Sílbame un taxi.

Los viajeros abandonan la estación y se pierden. Más tarde se cruzan, o se encuentran en éste o en otro tren. Unos se recuerdan y hacen un gesto ambiguo, un saludo con cierta reserva, y piensan eso de que el mundo es un pañuelo.

Nuestro héroe también ha bajado del tren. Está en X y no se queja. Además, tampoco puede decirse que le haya ido mal aquí. Más bien todo lo contrario. Se ha casado con una mujer de manos finas y delicadas, con una sonrisa sincera y un alegre vaivén para cruzar las calles. Tienen una hija de pocos años. La niña, pizpireta, reniega de las coletas los días de fiesta. Siempre anda saltando a la comba, o subiendo a los manzanos; no hay manera de que se esté quieta la niña, de que sus rodillas no estén rasguñadas. Es un trasto, sonríe la mujer de nuestro héroe. Qué bien recita ya la tabla del siete, dice él, viéndola corretear por el jardincito del chalé adosado.

Por si fuera poco, el alambre de espino ha florecido en las tapias. Trepó primero la pared del cementerio. Luego lo vieron subir a las cancelas de las casas solariegas y bordear el recinto del colegio. Las urbanizaciones de chalés adosados lo acogieron también con esperanza: Qué buenas propiedades las de este alambre, cuánta confianza inspira, se oía decir por sus calles hospitalarias. El suyo es un negocio próspero. Le ha ido bien X, no hay duda.

A nuestro héroe le gusta despertar temprano, cuando todos duermen y el sol aún no aprieta. Silbando alguna melodía, riega entonces las gardenias que florecen cada primavera en el jardín. El héroe y su mujer se llevan bien. Yo creo que se quieren, aunque a veces estas cosas se olvidan con el tiempo. Quince años de casados no los cumple cualquiera, le felicitan los vecinos, afables, en la cola de la pescadería. Mañana también calor. Mañana no deje usted de ir a la feria. Un espectáculo. Todo un espectáculo, le dicen también.

Qué bien le han recibido todos en X, con los brazos abiertos. Qué amable y servicial es la gente de aquí. Basta que haga falta cualquier cosa para darse cuenta. Sal, un huevo, casi no hay ni que pedirlo. En Y, quién sabe cómo será la gente, se dice nuestro héroe. Tal vez los ciudadanos de Y sean ariscos y taciturnos y no reciban bien a los forasteros. Allí no será tan festiva la bocina del camión de los helados, ni se cubrirán de púrpura los árboles en otoño, ni habrá ferias de este relumbre. En Y, tal vez sean tristes los letreros. Nuestro héroe piensa en estas cosas, en Y, mientras riega las gardenias; los remordimientos acechan desde el fondo de la regadera.

El héroe y su mujer son felices, ¿no es cierto? Él podría pasar horas contemplándola, la vida entera. Nadie cree en él cómo cree ella, nadie recoge con esa gracia las hojas caídas en la hierba. Si él se lo pidiera, la mujer se despertaría temprano para prepararle el café. No lo dejaría solo silbando a las gardenias. Solo en la cocina, con la resistencia del tostador. Un día bizcocho, otro tortas de anís. Hoy, pan frito. Ella lo haría encantada, con todo el amor del mundo, ¿no es así? Lo despediría en la puerta con un beso, como hacen tantas otras esposas. Adiós, cariño, no trabajes demasiado. Pero él no se lo pide. Él la deja dormir. Porque en esos ratos que pasa a solas —en la cocina desierta, en el jardincito de las gardenias— nuestro héroe piensa en Y. En la mesa, sí, está abierto el muestrario del alambre de espino, y él lo estudia con naturalidad, como un hombre que se va al trabajo. Pero cuando hierve la cafetera, con el ruido antiguo de un tren de vapor, a nuestro héroe le asaltan los remordimientos. ¿Por qué la felicidad no basta?

Él sería dibujante en Y. Un gran dibujante de cómics. Qué bien se le daba el dibujo en el colegio, con qué afán llenaba las cuartillas: una granada de mano, un biplano de acrobacias, una heroína enjaulada. Cuánta admiración y cuánta envidia despertaba entre sus compañeros de clase. Dibújame un pez volador, tú.

El héroe piensa en su vida en Y, se pregunta cómo será. Tal vez en Y lo despidan con un beso en la puerta. O tal vez allí no tenga ni esposa ni hija y sea soltero. Quién sabe. Quién puede saberlo. Las mañanas más lúgubres —porque en X también hay mañanas así— piensa en aquel viaje en tren ya lejano y también él intenta encontrar alguna explicación, el túnel en el que se debió de quedarse dormido, el traspié y el golpe fatal en la cabeza. ¿Estaría esperándolo alguien en la estación?

Ahora, en este preciso instante, debe de estar lloviendo en Y. La gente abrirá los paraguas o se refugiará en algún café o… ¿Qué hará la gente? ¿Cómo será esa ciudad? Nuestro héroe se dice que uno de estos días piensa averiguarlo. Comprará un billete de tren e irá a visitar la ciudad. Uno de estos días. Mañana mismo, quizá. Pondrá en la maleta la muda limpia, el cepillo de dientes y el muestrario de alambre de espino. Un día de estos, cualquier día. Cómo no desear que le salga todo bien.

 

José Antonio Ruiz

 

 

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